Archivo mensual: agosto 2015

No es que fuera a ser un día más especial que otro. Seguí escribiendo en mi lúgubre cuarto. No es que fuera oscuro y pequeño, es que yo lo hacía oscuro y pequeño. Cuestión de carácter.
Cada mañana abría mi ventana dispuesta a inmiscuirme en el mundo donde una escritora se introduce en miles de aventuras. Con mi café recién hecho, colocaba mis papeles sobre la mesa con la idea de crear unas páginas de mi novela. Las ventanas, abiertas de par en par, hacían que la mañana formara parte de mí, de mi respiración, de mi concentración. La paz duraba un par de horas. Cuando lograba conseguir la inspiración, asunto difícil de conseguir, se desvanecía en segundos al escuchar a tres diablillos que venían cada día a jugar al parque situado frente a mi ventana. Las risas se escuchaban por doquier, y aunque ponía las manos en mis oídos para frenar el sonido, no podía dejar de mirar por esa ventana, que aunque cerrada, entraba por las rendijas una inmensa alegría. Una vez se habían cansado y marchaban, volvía a sentarme delante de mis papeles para intentar continuar con la suma de palabras que pretendía hacer.

Esta vez no sería diferente. Jugaban corriendo uno tras de otro. Ya no podía más. Mi enfado me hizo salir al parque. Cuando llegué allí para soltarles una reprimenda, me quedé de piedra, y decidí sentarme en uno de esos fríos bancos de granito…
…Sentí una manita que acariciaba mis dedos. Me saludó mientras me preguntaba si era la señora que cada día miraba por la ventana, a escondidas… ( y hasta aquí puedo leer)

Yolanda de las Heras ©

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